21 marzo, 2006


Capítulo 6

Un domingo en Quito apesta. Desayunamos hasta tarde, con gran hambre luego del polvo mañanero. Gracias a la suegrita, pan fresco, huevos y queso se adicionaron al menú matinal. Y el paseo de más tarde también lo aseguró ella, la omnipresente. Hasta medio pude leer el periódico con el pretexto de buscar empleo. Pero a medida que las nubes ganaban nuestro pequeño espacio de cielo, la desesperación por salir, por cumplir los planes previamente pactados, aumentó la adrenalina y salimos con un portazo que auguraba rumiarle al asunto por lo menos veinte minutos más. Y así fue. Solo cuando llegamos al parque de El Ejido, bajamos la guardia.

Samuel tomó las riendas del asunto y Macarena y yo fuimos atrás de él como si fuéramos sus vasallos, dispuestos a cumplir todos sus deseos. Pero esos primeros propósitos se terminarían una hora más tarde cuando nos cogió la paranoia por regresar. Los carritos de alquiler en el parque son pintorescos y los primeros diez minutos son hasta agradables, pero correr tras Samuel mientras embiste a los transeúntes termina por agotar. Además, no hay juego infantil que merezca el nombre, las resbaladeras son una amenaza y hay que sortear la basura. Claro, los basureros no es que sobren. Como si fuera poco, luego de tragar el polvo que levantaba a propósito de un muchacho, pasó frente a mi un gringo tomando una biela helada en lata. ¡Ya no pude más! Debí arrastrar a Macarena y Samuel en busca del preciado líquido. Comimos sánduches de pernil en Los Sánduches de Pernil, dos cervezas y un vaso de cola. Regresamos en un bus vacío... Gracias suegrita.

La tarde dormimos una siesta, echamos el segundo polvo del día y luego vimos televisión mientras comíamos galletas. Pero serían las migas de más tarde las que me quitaron el sueño hasta el alba. (Foto:Hans Hendriksen)

1 comentario:

Hater Head dijo...

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