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28 junio, 2010

Capítulo final (El Apestado)

El Apestado ha muerto. O, más bien, morirá con el punto final de este, él último apestoso capítulo. Y el estoque mortal viene embebido del veneno de la verdad, aquella que me obliga a revelar que todo ha sido mentira, una gran y apestosa mentira. Algunos ya lo adivinaron, otros han sospechado de mis palabras y otros tantos me han seguido hasta el final, fielmente.

A mis lectores solo puedo agradecerles, incluso a aquellos que me han puesto en vereda más de una vez, en duros términos. Aquellos que quisieron solidarizarse conmigo, ofreciéndome educación para mi hijo, empleo y varios tipos de ayuda entenderán ahora por qué no he aceptado. En fin, no debo explicaciones a nadie y por eso no haré más referencias a este asunto…

Tengo la edad de El Apestado, y si bien todo esto surgió de un momento en el que le apestaba a la vida, nunca las cosas han sido tan grises como lo fueron para mi alter ego. No soy empleado de un hostal, soy el dueño de uno. Vivo en mi propia casa, en el campo, y mi hija tiene asegurada su educación.

La Macarena no existe. Mi mujer, la que si existe, sabe de todo esto, y es mi más fiel lectora, o lo fue hasta que este blog cayó en el tedio de los últimos capítulos, en su agonía natural. Mi hijo, Samuel unas veces, Julián otras, en realidad es una niña de ocho años, a quien se aplica lo que dije alguna vez para el inexistente hijo: es más pilas que muchos de los bloggers que circulan por ahí.

Mis padres viven cerca y no perdieron su dinero en el Feriado Bancario. No tengo un hermano evangelista, no. Mis suegros son un encanto y mantengo con ellos una excelente relación. La Omnipresente era una consecuencia lógica de los fantasmas que perseguían al, ahora agónico Apestado. Tampoco tengo cuñada que viva en los Estados Unidos, ella vive por todas partes, menos por allá; y la otra tampoco se queda atrás.
Sí, tengo estudios universitarios de cuarto nivel, profesión que ejerzo ocasionalmente, sin mucho interés ni convencimiento pues odio los formalismos y los rangos; los sesudos personajes que se han cruzado por mi camino me han hecho retroceder hasta la calma de mi jardín donde cultivo menta, albahaca y una gran variedad de ajíes mientras intento, también, terminar de construir mi humilde casa, colgada de una quebrada andina.

Esta es la verdad. El Apestado se despide de todos ustedes.

Epitafio:
Fue bueno mientras duró