25 mayo, 2006


Capítulo 26

Este blog ha recibido 1000 visitas y eso merece una reflexión: exponer las miserias propias, ya lo he dicho, no es una panacea, en el sentido alquímico del término, pero sin duda alivia. (Fin de la reflexión.)

Pero hay algo más interesante de lo que hablar, algo que me pasó, que elevó mi ego y que por eso merece ser contado.

Paseaba alegremente por las callejas infestadas de La Mariscal, cuando una tienda me invitó a entrar en busca de un Belmont. Coincidí en el mostrador con una figura imponente: una despampanante rubia que sonreía con dientes caninos.

Tartamudeé un poco cuando pedí el pitillo y casi me quemo la nariz cuando intenté por segunda vez encenderlo. La rubia, y eso que a mi no me gustan, brillaba como el oro. Sus dientes, blanquísimos, destellaban y mi corazón se daba de tumbos.

En la calle, cuando mi cara no había terminado de recuperar su color, me percaté que frente a mi se bamboleaban los glúteos perfectos de la Diva de la Tienda. Disminuí el paso pero mi sombra terminó por adelantarme hasta que la rubia dio vuelta para encararme.

- ¿Me estás siguiendo? preguntó con acento manaba
- No, solo seguimos el mismo camino, dije pero me salió un gallo que falseó mi respuesta

La rubia cruzó la Juan León Mera, vacía como por arte de magia, no sin antes alzar la ceja, en un gesto en ese momento indescifrable. Con el pecho remordido por la confusión, seguí por la misma vereda en dirección a mi casa, dudando en rehacer mis pasos y seguir, efectivamente, a la rubia.

Hasta el momento en el que escribo este post, sigo pensando que su pregunta fue una invitación.

4 comentarios:

Phantom dijo...

Manaba, buena, colorada, en la Mariscal. Era una invitación, pero posiblemente debías pagar cover.

Atrapasueños dijo...

cuidado con los "dulces sueños"

Atrapasueños dijo...

por cierto te nalze a mi pagina, saludos

Anónimo dijo...

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