15 septiembre, 2008

Capítulo 102 (El Apestado)



Lo que viene a continuación relata las pestilencias, desventuras y otras alegrías ocurridas durante un viaje familiar a la playa, 320 kilómetros al noroeste de mi cama, habitáculo obligado en mis días de descanso.

Sí, al cabo de ya no sé cuantos años pude organizar unas vacaciones luego de que mi hijo putativo, Niels, y su novia Carola nos empujaran casi hasta el abismo para que, tras hacer algunos números, decidiéramos con Macarena ir a las playas de Esmeraldas, mal llamada la provincia verde, porque desde hace más de una década que la deforestación le ha arrebatado el nombrecito.

La noticia tuvo como primera consecuencia la explosión casi literal y física de mi hijo Samuel quien, tras tantos años de penurias, no se acordaba ya de haber tenido unas vacaciones con su padre y madre juntos; aunque yo no haya dejado en todos estos años de contarle, y de inventar un poco, sobre nuestras escapadas casi semanales a las playas del Guayas, cuando aún yo no le apestaba a la vida.

La decisión fue tomada, pero antes de anunciársela a Samuel, teníamos que arreglar los engorrosos detalles de conseguir permiso en nuestros trabajos. Para Macarena no fue problema pues agosto es un mes de poca actividad para el sector en el que ella trabaja y, además, tenía derecho desde hace rato a un descanso. Lo mío fue más difícil, porque ocurre lo contrario con el turismo, o eso es lo que los empresarios del sector esperaban porque la verdad este mes de agosto, con la subida exorbitante de los pasajes desde Europa, debido al aumento de los precios del petróleo, fue un mes sui géneris por la falta de turistas, pero bueno, ese es otro cuento...

Lo cierto es que no supe sino dos días antes de nuestra salida del permiso que me concedían, a cargo de las vacaciones a las que por ley tengo derecho. Sin más cuentos, subimos al bus de la media noche en el Terminal de Trans-Esmeraldas, a pocas calles de mi casa. Samuel dormía pocos minutos antes de tomar el taxi y volvió a caer sobre mis piernas media hora después de haber salido de Quito, no sin antes preguntar si ya estábamos cerca de nuestro destino.

Es sorprendente, y a veces hasta irritante, la poca noción del tiempo y el espacio que puede tener un niño de seis años.

Ni bien salimos de Quito, una película en extremo violenta fue puesta en el televisor del autobús. Había otros niños mayores que Samuel que vieron el filme de cabo a rabo, sin que sus padres protestaran ante tal desacierto. Yo cabeceaba sobre el hombro de Macarena. Niels, con su piernas de metro y medio, no paraba de moverse sobre su asiento, en busca de una posición que finalmente alcanzó.

- ¡Qué rico calor!, dijo Samuel a penas bajó del autobús, mientras se sacaba su chaqueta y nosotros buscábamos nuestras maletas.

Macarena también dejó ver la perfección de sus hombros, antes de que yo pudiera dar la primera bocanada de aire húmedo. Niels y Carola hablaban en holandés, o sea que ante mis oídos no dijeron nada.

Desde la población de Atacames, es bodrio inmundo y apestoso, lleno de ruido, mal gusto y contaminación, tomamos una camioneta que nos llevó a nuestro destino, un hotel otrora boyante, con tarifas cómodas para nuestra escuálida economía y que, además, recibía a Niels y su acompañante por dos días gratis, a cambio de una asesoría en marketing que pretende posicionar bien al lugar entre los turistas holandeses, para la siguiente temporada. Esto del canje fue beneficioso para todos pues con su generosidad, Niels decidió que compartiéramos los gastos sobre al cuenta total, así que todo se dividió para dos.

En cuanto a la comida, yo pensé que comeríamos dos platos entre tres, pero me equivoqué, con el hambre que el sol y el agua provocaron en Samuel, fueron cuatro platos entre tres, pero todo estuvo bien, ver la alegría de Samuel y Macarena, alejó la pestilencia de mi mente por escasos pero intensos cinco días y hasta la plata pareció entender la situación pues nunca me faltó.

La nota negativa la puso la pestilente ciudad de Atacames. Fue una vergüenza que Niels y Carola vieran ese lugar. Al final de la tarde salimos al carretero y esperamos a que pasara un mototaxi, unas motos que han sido modificadas de manera que puedan recibir pasajeros sentados, bien atrás o delante del conductor. La vedad es un transporte excelente, divertido, aunque no tan seguro en el carretero. Llegamos a Atacames, lugar en el que pasé algunos veranos con mi familia, cuando aún era un paraíso lleno de palmeras y arena blanca. Ahora la playa no se ve, la han tapado las cabañas en las que se sirven cócteles con dudosos tragos nacionales; el ruido que cada uno de esos lugares hace con música estentórea, la venta ambulante sin control, la contaminación visual y sonora, en definitiva, hacen de ese un sitio que definitivamente se debe evitar. Comimos una pizza algo decente, por pedido de Samuel y, debo confesar, con pestilente vergüenza, que nos divertimos viendo a la gente pasar por la calle en un desfile ridículo y multicolor. Finalmente tomamos un taxi que nos depositó en el hotel.

Mi dedos estaban hecho mote, como se dice por acá, de lo tanto que pase en el agua. Samuel, al principio, demostró miedo al mar y evitaba incluso acercarse a la orilla. Yo acordaba de la vez en que mi padre, con su habitual mala manera de hacer las cosas, me arrastró al mar y me dejó solo en las olas, para que se me fuera el miedo. Yo claro, nunca haría algo semejante a Samuel así que me pasé horas enteras sentado en la orilla, como un auténtico serrano, recibiendo un sol calcinante sobre mis hombros y cabeza, lo que provocó una baja en mis defensas y un malestar generalizado hacia el cuarto día de nuestra estadía. Algo parecido sucedió con Niels, que con su blancura nórdica, estuvo a punto de arruinar sus vacaciones. Hacia el final no salía sino unas pocos minutos a la playa y permanecía siempre bajo el parasol, escena que daba chiste pues con su tamañote parecía un gigante incómodo bajo un paraguas desproporcionado.

Macarena, con cremas y menjurjes, doró su piel hasta el escándalo. Su torneado cuerpo provocaba hasta a los cangrejos, que parecían salir de sus huecos solo con la intención de mirarla con esos ojitos saltones, los muy desgraciados. Ni qué decir de los camareros del hotel y de los otros huéspedes.

El segundo día, ya en la tarde, Samuel se animó a entrar en mis brazos al agua. No me daba en la cintura el agua cuando me pidió que no avanzara más, y le hice caso. Así, poco a poco, se le fue el miedo al mar y para el final de nuestras vacaciones, se sentía en su elemento. Los castillos enormes que construimos, decorados con los muñecos que llevó, fueron la atracción de todos cuantos pasaban frente a nosotros. Tomamos muchos helados, Gigante, es, en definitiva, el que más nos gusta. Lo echamos a votación. Y bueno, las cervezas no faltaron tampoco nunca. Niels, como buen holandés, no le tiene miedo a la bebida más antigua de la tierra, ni su novia, ni Macarena.

Así, transcurrieron nuestros cinco días de vacaciones, en las playas de Esmeraldas. Ahora Samuel ha vuelto a clases, y todos nosotros a la apestosa rutina.

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15 comentarios:

yo misma dijo...

qué absoluto cambio en el post. Playa es playa, qué envidia te tengo.

yo misma dijo...
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yo misma dijo...
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yo misma dijo...
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yo misma dijo...
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Ludovico dijo...

anda a la yapla. al menos le hace bien al guagua

iCy dijo...

que chevere poder leer que tus pestilencias ahora no son tan pestilentes, deberias cambiarte el nick... el perfumado, el oloroso, te sentaria mejor! jeje, saludos!!

Juan Ramón dijo...

También mi hijo se llama Samuel. Tu escrito me ha gustado.
Saludos desde España.

isis de la noche dijo...

Hola apestado...
Es la primera vez que leo tu blog y te voy a confesar que el día de hoy y gracias a ti, he decidido crear uno. Algo que siempre he querido hacer. Me identifico mucho con tu irreverencia y he podido reconocer ciertos paralelismos entre tu amarga experiencia en ciertas cuestiones de la vida y la mía.
Me gusta mucho tu blog. Y como en el reino de la marginalidad perder la esperanza es un lujo que no podemos darnos, espero que sigas escribiendo... Quién sabe y lo que lanzamos al viento (o a la red) de verdad sirve de algo.

Icaro Jr dijo...

cangrejos cochambrosos!!! bueno que rico el mar y aun que un que no soy mujer de playa hace mucho que no me do a dar un saltico por allá. besos

Rockolero Jack dijo...

"En el mar la vida es mas sabrosa" jajaja

Que chevere que al menos en esos 5 dias la paso bacan!

Y tragico lo que dice de las playas esmeralden'as. triste pero cierto cuanto han cambiado.

Topes

Carlos dijo...

...bien por Samuel que la pasó de lijo.

Atacames es realmente la decadencia de un sitio turistico.
Tal cual el Tingo o El Ilaló.

Kojudo Mayor dijo...

Tatay que rico!

Cada que voy a Ecuador, y créeme, trato de hacerlo lo mas a menudo posible, no puedo evitar, pero tengo que ir para Esmeraldas, y aunque parezca extraño, ese mugrero llamado Atacames, tiene un atractivo antropológico sin parangón.

Beauty is in the eyes of the beholder! (So they say)

Tener la suerte de ver la interacción humana en esa zona, es algo realmente agradable y fascinante.

No puedo restar mérito a lo dicho por el dueño de este blog: es un mugrero que ha degenerado muchísimo con el paso del tiempo. No obstante, es el sitio perfecto para apreciar al ecuatoriano común desenvolverse de manera espontánea. El pueblo en su tinta. Se puede aprender mucho. Se aprende lo que no se debió hacer, lo que se debió evitar, y lo que puede llegar a ser de seguir así. Refleja en chiquito, lo que es nuestro país, cuando se lo ve a lo lejos. Tiene muchas cosas buenas, una de las que mas me gusta rescatar y resaltar es la naturalidad y espontaneidad de la gente que frecuenta Atacames.

Yo, a pesar de ciertos olores, y pestilencias propias del caos en ese otrora paraíso turístico, gozo como chancho en lodo y me siento muy a gusto rodeado por la gente sencilla que comparte la misma penuria que el autor del blog: la pobreza de un pueblo muy rico que no sabe como dejar aflorar dicho patrimonio.

Nuevamente: Tatay que rico!
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PD/ Otro fenómeno tan propio de nuestra peculiar idiosincracia ecuatoriana, es que cuando alguien "longuea" a un sitio y lo descalifica, no faltan aquellos que también se la dan de "finos" y longuean también. Una falta de autoestima, carencia de identidad que nos hace vulnerables a los snobismos y novelerías, como una tal revolución ciudadana.

Kojudo Mayor dijo...

Por cierto, tu historia me recuerda en mucho a la mía. En ella, yo soy Samuel, y mi padre, otro mal oliente, que al igual que vos, le apestó a la vida durante esa época.

Cuando era pequeño, solíamos ir en verano a la ciudad de Esmeraldas, y nos hospedábamos en casa de una tía abuela. Ibamos a Atacames en las mañanas y regresabamos a bañarnos bien entrada la tarde. Solíamos hacerlo cada verano. De repente un buen día dejamos de hacerlo. Todos los demás iban a la playa, pero nosotros no lo hicimos mas. Pasaron 9 años hasta que volví a Esmeraldas con mis viejos. Ellos supieron compensar bien esa "carencia". Se extrañó la playa mucho. Igual que Samuel, le volví a temer al mar, y con timidez, poco a poco volví a hacerme amigo de él. Mi padre, y por ende mi familia, había pasado por una época, que hoy los entendidos, llaman una profunda recesión. La última vez que fuí con mis viejos a la playa fue esa primera vez, luego de un lapso de 9 años. 15 años hace ya, de aquella última vez.

Apestarle a la vida a veces ayuda a apreciarla mejor en otras cosas, y a descubrir que se pueden encontrar mejores aromas en otros sitios, durante épocas pestilentes.

Una narración con hedor de nostalgia. Gracias.

Anónimo dijo...

soy atacameno y tu eres un hijo de puta no sabes lo que escribes enfermo