31 marzo, 2015

Capítulo 2 (segunda parte)

Me acaba de llamar un tipo para ofrecerme participar de algún concurso, o en el sorteo de un viaje. Le he interrumpido y me ha mandado a la mierda, y ahora no se cómo dar con el interfecto.
Pero no es eso lo que me trae aquí, no. 

El Apestado ha encontrado otro motivo para escribir, un apestoso motivo debería advertir, y del cual doy cuenta a continuación.

Hace muchos años ya, en este mismo espacio, reporté el viaje de mi mujer y de mi hijo Samuel al exterior. Y bien, la cosa se ha vuelto a repetir.  Si bien Samuel ya se ha ido solo algunas veces, al igual que su madre, siempre me he quedado con uno de ellos por lo que el vacío resultaba siempre menos obscuro.

Pero tampoco las circunstancias son las mismas. No, ahora El Apestado es un empleado cuyos ingresos le han apartado, definitivamente, de la categoría de los apestados económicos. Y hago la precisión porque hay otros aspectos de la vida en los que esa característica no ha desaparecido, sino que quizás, incluso, pudo haberse visto fortalecida. La social, por ejemplo. O la psicológica. Incluso aquella de la moral.

Pero en fin, antes de irse, la Macarena me preguntó que a quién iba a ver en estos días, pregunta maliciosa que obtuvo como respuesta una fría mirada, acto que contuvo más información que una declaración juramentada.

Así que aquí estoy, en mi día libre, un día libre entre semana, porque lo compenso el sábado o el domingo de acuerdo a mis nuevos tratos laborales, esos que de tan nuevos, ya se van volviendo viejos y empiezan a hostigar. (La cara porcina de la secretaria del jefe se me aparece en las noches, reclamando el resultado de un trabajo que ni siquiera sabía que me había sido asignado)… y me despierto en medio de la noche lleno de sudor, y la Macarena a medio metro de distancia, que es más de medio kilómetro de distancia.

Entonces, para seguir con la idea,  aunque es todavía demasiado temprano para pensar en ello, esta noche, vista desde este medio día de descanso, esa distancia será ya inconmensurable, porque no está, por que se ha ido, porque “se ha ido a volver”.

Y del otro lado de la casa, ahí, al frente de mi cuarto, allá donde alcanzo a penas a divisar un rincón incierto del cuarto de mi hijo, otro hueco inmenso que no es posible franquear. A esta hora todavía estaría en clases, así que será en la noche, otra vez la noche, cuando busque su figura deslizándose en medias por la casa, sin hacerme caso, conectado a uno de sus horrendos dispositivos electrónicos, pero llenando todo él espacio que poco a poco hoy se ensancha con su ausencia.

“Ya”, dirán, “!deja tanto drama!, ¿no es que se van solo una semana?”

¡Vaya que no!, ¡no es solo una semana!,  ¡es toda una semana!

Y no es que haya querido, ni por un solo instante, que no se fueran de viaje. ¡Qué va! Lo que me irrita, lo que hace que esta situación sea de color gris, es no haber podido, otra vez más, irme con ellos, cambiar de aires, gozarla juntos. ¡Vaya peste!

Lo que nos devuelve al principio, y no solo al principio de este nuevo relato, sino de toda la historia del El Apestado, aquel ser a quien la vida no le apesta, pero quien le apesta a la vida.


Ahora estoy buscando al imbécil que me llamó, y que terminó mandándome a la mierda, para volcar contra él toda mi ira y frustración.

2 comentarios:

Martin Hervás dijo...

Yo también he regresado a las canchas. Saludos.

cinetux dijo...

igual yo e entrado amigos gracias